Mañana será el gran día, al fin lograré superar mis temores, dejaré mis esperanzas atrás, sin vacilar, pues de nada las necesito. Avanzaré frente a la tempestad, blandiendo la mejor y más sincera de mis sonrisas, escudándome en la más hermética seguridad (cortesía de aquéllos a los que quiero) y con la más certera convicción como estandarte.
Por un momento dejaré de pensar, de pensar en las consecuencias, en las posibilidades y probabilidades. Olvidaré el tiempo atrás, los intentos fallidos. Y recordaré lo que pudo haber sido, para que de una vez por todas comience a ser.
Volveré a ser yo mismo, sin ser quien era antes. Diré lo que nunca había dicho, como siempre había imaginado.
Concebí una estrategia.
Y la olvidé, para dar rienda suelta a mi torrente de emociones. Ansiaba disfrutar de ese momento, sin mirar de reojo las salidas de emergencia. Quería empaparme en aquél mar inexplorado, sentirlo íntegramente fluir a mi alrededor.
Ideé un plan.
Y de nuevo lo olvidé. Para saborear en todo su esplendor el sabor de la victoria auténtica y las delicias de una conquista lenta y sincera.
Pero se agotó algo que siempre creí controlar.
Y ese día jamás llegó.
Soy el Homo Ignavus.

